Rendirse a Bali

Macacos en los acantilados de Uluwatu, Bali/Adolfo Córdova

Bali, Indonesia.- La isla me absorbe por un túnel de luz verde. Voy en un auto por carreteras tan estrechas que los cocoteros se tocan unos con otros formando una bóveda húmeda, un invernadero salvaje, un camino encerrado en la jungla.

Templos budistas, terrazas de arroz, pequeños pueblos, volcanes inmensos: todo se rinde a la isla. Nada sale de aquí sin llevarse un brochazo de estos tonos vegetales que hacen trabajar extra a los sentidos.

Mi día empieza a las siete de la mañana, en un hotel cerca de la playa de Jimbaran, al sur de la isla. Ahí encuentro a Kadek, un taxista que me saluda con las manos unidas a la altura del pecho y tres palabras sonrientes “Selamat datang Bali” (bienvenidos a Bali).

Acordamos realizar un viaje al norte para llegar al volcán de Kintamani y de regreso a presenciar el atardecer de los acantilados de Uluwatu, uno de los más famosos de la isla, en el extremo más meridional del sur de Bali. De sur a norte y de regreso, unas 14 horas de tour por 50 dólares.

Dejamos la zona más turística y llegamos a Denpasar, la capital balinesa, donde el ritmo citadino se acelera con el sonido de los motores de cientos de motocicletas y el vertiginoso manejo de Kadek. Eso, más las reglas de tránsito inglesas me hacen pensar todo el tiempo que tras la siguiente curva saldremos disparados hasta alguna palmera.

Un túnel de luz verde despierta mis sentidos a medida que me interno en la isla. La vida aquí parece extenderse siempre junto a una carretera. Atraviesan la isla, bajan y suben por el terreno irregular entre los tupidos bosques de monzón y conducen a pueblos dedicados cada uno a un oficio. No hay grandes plazas ni espacios abiertos ni mercados amplios. Se impone la selva y los angostos caminos.

Kadek es un excelente guía y desde el automóvil me muestra, siempre divertido, pueblos como Batubulan y sus esculturas en piedra; Mas, que tiene a los mejores talladores en madera; y Ubud, una ciudad reconocida por sus mercados de artesanías y el popular “Bosque de los monos”.

Cerca de las dos de la tarde hacemos una parada obligada en los arrozales de Tegalalang, que parecen escaleras alfombradas de pasto, y en el templo Gunung Kawi, en Tampaksiring, donde me dan un lungui (tela que se amarra como falda) y participo en una ceremonia hindú.

Las ceremonias y templos de esta religión son una constante en el paisaje: más de diez mil templos familiares, gremiales, locales o nacionales se erigen en Bali. Aquí todos parecen bienvenidos a los rezos y a las festividades para el espíritu.

Pero hay algo más: detrás de las ofrendas descubro otra ceremonia llevándose a cabo, mucho menos espiritual, pero igualmente simbólica para los balineses: una pelea de gallos, legal y muy popular.

Después de las cuatro de la tarde llegamos, al fin, al norte de la isla, a Kintamani. Me instalo en un restaurante para saborear un arroz y Gado Gado, plato típico con vegetales y salsa de cacahuate, contemplo el lago Batur, el más grande de la isla, y el Monte Batur, el volcán más activo de Bali, de casi 30 mil años de edad. El paisaje no está pintado de los típicos colores turquesas y blancos con los que se asocia a Bali, aquí el paraíso es de piedra volcánica y gris, y millones de hojas verdes.

No quiero irme pero debemos regresar, sin detenernos, para llegar a tiempo al atardecer de Uluwatu, al sur. Kadek acelera como un loco, está oscureciendo, parece que no lo lograremos, pero lo logramos y sin atropellar a nadie.

Salgo de ese constante túnel de luz verde y el paisaje y la mirada se abren: el sol nos trata como dioses y nos ofrenda 30 minutos de paraíso.

Kadek me advierte que hay que cuidarse de los monos, que les encanta arrebatar cámaras, gorras y gafas, y sí, uno me jala la funda de la cámara, doy un brinco y jaloneo, unos balineses se ríen de mí, pero recupero mi funda.

Veo el cielo enrrojecido al frente, mi vista baja unos cien metros para salpicarse de un mar que se estrella insistente contra los acantilados milenarios, y a la derecha, casi a punto de dar un salto al océano, el templo guardián de los malos espíritus: el Pura Luhur Uluwatu.

Me quedo en silencio. Este ha de ser uno de esos momentos que se graban en la memoria.

Sonrío y me rindo en silencio a la bien llamada isla de los dioses.

Verde tono Irlanda

Estamos en Barcelona. Ya no estamos.

Salimos de Girona y volamos sobre el Mar Céltico hasta Cork.

Irlanda.

No es una exageración publicitaria, desde el avión, Mariela y yo vemos una masa de tierra verde. Es la isla esmeralda.

Escuchamos el chiflido de un pasajero en el avión.

Un irlandés. Canta algún himno celta. Notas largas y tristes que alegran a los que vuelven a casa.

Es la tristeza sobria y seductora que encontraremos más adelante en Dublín.

Son las 10:30 de la mañana. Nuestro hotel está a unos 100 metros de la parada del autobús que hemos tomado en el aeropuerto. Y es perfecto. Una antigua casa estilo inglés de tres plantas en pleno centro y totalmente manejada por Dany y Annette Creedon, una pareja de la que nos gustaría volvernos amigos.

Damos la vuelta por Cork y nos sentimos cómodos. No es pretenciosa ni perfecta como Barcelona o París. Es un puerto provinciano. A veces hasta nos recuerda a México.

La atraviesa el río Lee, pero las casas y comercios que lo adornan no son de cuento de hadas. Hay anuncios publicitarios, edificios de ladrillo o de piedra, construcciones góticas mezcladas con masas de cemento ochenteras, la mayoría viejas y descoloridas; pasan camiones, autos, bicicletas…

El paseo es pintoresco.

Vemos gaviotas.

Desayunamos en un cafecito donde nos atiende una irlandesa pelirroja de pelo corto. Parece un duende. ¿Servirán tréboles mágicos? Irlanda no defraudará a quien se haya hecho de un buen número de clichés sobre esta tierra. Como yo, que espero pronto tomarme un whisky Jameson en un pub.

Estaremos en Cork una semana para la exposición colectiva de Mariela y la charla sobre su trabajo, pero iremos de ida y vuelta a Dublín tras los pasos de Joyce y a los acantilados de Moher, que estoy seguro serán la estrella de este viaje.

Hace por lo menos 15 años que soñaba conocer este tono de verde.

Empieza el embarque. Vuelve el viaje.

Algunos cambios vienen con número de vuelo: 29SEP20:35 IB 6402. Dieciséis caracteres como contraseña de un viaje que me ingresa a una nueva cuenta. Renuncié a mi trabajo, vuelvo a ser estudiante.

Reforma laboral. Crisis mundial. Máster en libros y literatura. El caballo de dos cabezas de gira. Mariela y yo. Emprendemos uno de esos viajes que funcionan como prólogo de una nueva etapa.

México-España-Irlanda-Francia-Suiza. Algunos cambios también tienen nombres de países.

Ya nos vamos.

Empieza el embarque. Vuelve el viaje.